
Sobre el miedo a mostrarnos, la necesidad de protegernos y la posibilidad de permitir que otros nos acompañen.
¿Qué es y que no es vulnerabilidad?
La vulnerabilidad es la posibilidad humana de vernos afectados por lo que nos ocurre. No implica necesariamente debilidad ni incapacidad, sino reconocer que no somos completamente autosuficientes y que, en determinados momentos, podemos necesitar protección, apoyo o cuidado.
El origen del término vulnerabilidad es el término latino “vulnus” que significa herida, golpe, punzada y también desgracia o aflicción.
Sentirnos vulnerables conlleva reconocer el poder sentirnos heridos, estar en sensación de peligro, conectar con la incomodidad y sentir una pérdida de control sobre lo ocurrido.
Además, como característica de lo humano, la vulnerabilidad puede hacernos conectar con la incertidumbre, el riesgo y la exposición emocional. Al mismo tiempo, implica conexión y contacto con los demás; puede requerir valentía y resulta sana y necesaria para construir y mantener vínculos interpersonales.
De hecho, entrar en contacto con nuestra vulnerabilidad puede ser una condición que permita sostener un vínculo seguro con otra persona: poder pedir lo que necesito, expresar cómo me siento y compartir mi sufrimiento contigo sin miedo a tu reacción.
La vulnerabilidad no es debilidad
Sentir la vulnerabilidad es una experiencia humana, no un defecto. Aunque puede resultar incómoda, nos vamos a sentir vulnerables en muchos momentos de nuestra vida, precisamente porque forma parte de ella.
Por tanto, lo que puede hacer que esta experiencia resulte más llevadera no es dejar de sentirnos vulnerables, sino cómo nos sentimos acompañados cuando lo estamos y cómo, también como adultos, aprendemos a acompañarnos a nosotros mismos.
¿Cómo aprendemos a relacionarnos con nuestra vulnerabilidad?
Nacemos siendo vulnerables. Durante los primeros años dependemos de otras personas para sobrevivir, sentirnos seguros y aprender a regular lo que nos sucede. Necesitamos poder expresar hambre, miedo, dolor, cansancio o necesidad de contacto.
Sin embargo, no todas las personas hemos aprendido que mostrar nuestras necesidades es seguro. Algunas hemos recibido escucha y consuelo; otras hemos aprendido que pedir ayuda molesta, que mostrar emociones es peligroso o que debemos poder con todo.
Las experiencias tempranas pueden influir en que aprendamos a pedir ayuda, ocultar lo que sentimos o protegernos mediante la distancia y la autosuficiencia.
Por eso, en la edad adulta, la vulnerabilidad puede vivirse de formas muy diferentes: algunas personas buscan apoyo rápidamente; otras se desconectan, se protegen, se exigen demasiado o evitan necesitar a los demás.
Para conocer cómo la reconozco, la expreso y convivo con mi vulnerabilidad es necesario tomar consciencia de que una situación determinada me hace sentir vulnerable, reconocer qué me ha hecho sentir vulnerable, identificar cómo me siento ante ello y entender cuáles son mis necesidades en ese momento.
Una pequeña práctica para reconocer nuestra vulnerabilidad
Y aquí me gustaría proponerte una pequeña práctica contigo mismo en situaciones en las que te sientas vulnerable. Quizá puedas detenerte un momento y preguntarte:
Para empezar, ¿qué ha ocurrido?
¿Qué situación estoy viviendo? ¿Qué es lo que me ha hecho sentir vulnerable?
¿Qué estoy sintiendo?
¿Qué emociones aparecen? ¿Puedo identificarlas y ponerles un nombre?
¿Qué necesito ahora mismo?
¿Qué necesito de mí, de los demás o de la situación que estoy atravesando?
¿Con quién puedo compartirlo?
¿Hay alguien con quien pueda sentirme escuchado, comprendido y seguro para mostrar lo que me está pasando?
¿Qué límite necesito poner?
¿Hay algo que necesito proteger, pedir, rechazar o expresar para cuidarme?
Y, quizá, ir un poco más allá:
- ¿Qué me sucede cuando me encuentro en una situación de vulnerabilidad?
¿Puedo reconocerme vulnerable o trato rápidamente de esconderlo, controlarlo o alejarme de lo que siento? - ¿Cómo reacciono cuando me siento vulnerable?
¿Busco apoyo? ¿Me aíslo? ¿Me pongo a la defensiva? ¿Intento tenerlo todo bajo control? ¿Me exijo más?
Y, finalmente:
- ¿Cómo me relaciono con mi propia vulnerabilidad?
Porque quizá no se trate tanto de dejar de sentirnos vulnerables, la vulnerabilidad no desaparece, sino de poder reconocer ese lugar, comprender qué nos ocurre cuando estamos ahí y aprender, poco a poco, a acompañarnos también en él.
Además la investigación ha relacionado la vergüenza y la autocrítica con mayores dificultades para mostrarnos vulnerables, mientras que la autocompasión puede favorecer una relación más amable y comprensiva con nuestra propia experiencia.
Reconocer la vulnerabilidad en la relación con los otros
¿Me permito mostrarme vulnerable con los demás? ¿Qué emociones despierta en mí reconocer mi vulnerabilidad ante otras personas?
La vulnerabilidad también necesita límites
Ser vulnerable no significa contarlo todo a cualquier persona. La apertura emocional necesita confianza, límites, reciprocidad y seguridad. Por eso, mostrarnos vulnerables también implica poder elegir con quién, cuándo y hasta dónde queremos hacerlo.
Cuando podemos expresarnos desde nuestra vulnerabilidad, podemos facilitar la conexión con la otra persona, sentirnos más humanos y abandonar, al menos por un momento, la necesidad de esfuerzo constante para poder simplemente ser.
También podemos reconocer nuestras propias necesidades y nuestra interdependencia, así como mostrarnos más sensibles al sufrimiento de los demás. En este sentido, la vulnerabilidad puede contribuir a construir relaciones más íntimas y significativas.
Sentirnos vulnerables, por tanto, no es un problema que tengamos que resolver.
Podemos aprender a habitar la vulnerabilidad acompañados y, al mismo tiempo, aprender a acompañarnos a nosotros mismos. Porque mostrarse vulnerable no significa estar disponible para que cualquiera entre en nuestro mundo emocional.
La vulnerabilidad saludable también necesita discernimiento, límites, confianza y reciprocidad.






